miércoles, 23 de septiembre de 2009

HABLANDO CON LA CASA

Algunas veces crear una obsesión positiva o fácilmente disociable de la realidad es el mejor antídoto contra la depresión.

Intentando sobrevivir a una vida sin ilusión que no la lleva más que a la más profunda tristeza y a la soledad, una mujer abandona a sus amigos, su trabajo y su hogar. Haciendo acopio de víveres, se encierra para cuidar de la casa vacía de unos conocidos que se han ido de vacaciones.
Por su propio deseo no se lleva nada que pueda recordarle su pasado. Ni música, ni libros. Desconecta televisión y teléfono. Sólo quiere seguir ahondando en su obsesión con la esperanza de saturarse y verse libre, o enloquecer por completo en el intento.
Los quehaceres cotidianos de su nueva vivienda entretienen su tiempo pero no llenan su pensamiento, pronto la monotonía vuelve a sumirla en la angustia de una vida sin salida. No pasan muchos días antes de que la necesidad de comunicación haga insoportable su enclaustramiento.
Decide escuchar únicamente el silencio intentando crear una nueva forma de comunicación.
En primer lugar se evidencian los ruidos exteriores, los provenientes de la calle, que están presentes durante la mayor parte del día: el sonido de los motores de los coches y de las motos que hacen incluso temblar los cristales de las ventanas, las campanas de la iglesia cercana, obreros trabajando, rumor de voces, gritos aislados, perros que ladran.
Por la noche el tráfico se amansa, es entonces cuando emergen con mayor intensidad los sonidos interiores de la propia casa: el taconeo de la vecina del piso de arriba, puertas que se cierran, el crujir de las paredes por cambios de temperatura, el viento en las persianas, baldosas que se mueven al pisarlas, el correr del agua de las cisternas, toses en el baño.
Imagina y empieza a creer que puede comunicarse con la casa. No está segura de si es ella la que necesita hablar aunque sea con un ser inanimado, o es la vivienda la que tiene interés en contarle algo. ¡Qué más da una duda tan trivial cuando intentas librarte de la depresión!
Poco a poco establece con ella un código de señales muy sencillo, un ruido aislado quiere decir sí, dos quieren decir no. Al principio no está demasiado atenta, pero las primeras casualidades la hacen sonreír con un rictus de lacerante ironía. Le resulta curioso que cuando más necesita oír un sí haya sonado una vez el claxon de un coche, y cuando sus pensamientos la llevan por el camino de la desesperación, un ligero doble taconeo le diga no.
La mujer sabe que esta comunicación no es real, que no es más que un sin sentido, un juego, pero es tan fácil seguirlo. Le empieza a resultar tan reconfortante que decide continuar su conversación surrealista con la casa. Con el tiempo identifica nuevos mensajes, un sonido estridente continuo le dice que anda perdida, que debe replantearse la dirección de sus pensamientos. Un sonido retumbante, como si se tratara del redoble de tambores en un circo, le anuncia una verdad, una idea clave que se avecina...
Su continua divagación conversando con la casa evoluciona de múltiples maneras, incluso llegan a gastarse bromas, chispas de felicidad en el corazón de la mujer, que se siente amada, importante. Su humor cambia. Empieza a sentirse con fuerzas para enfrentarse de nuevo a la vida diaria, pero todavía convalece de su reciente depresión. Además, en ella se ha despertado gran interés por su relación con la casa. Aunque se reconoce agarrada a un clavo ardiendo, como un niño que ha creado un amigo imaginario para huir del miedo y la soledad, decide quedarse unos días más. Sabe que no es más que una excusa para retardar su vuelta al mundo, pero se encuentra tan dolorida que necesita mimarse un poco y lamer sus heridas.
Con sus escasos conocimientos científicos elabora una teoría según la cual, aunque la comunicación con los seres inanimados es imposible para la mayoría de las personas, ella es una privilegiada capaz de traspasar los umbrales comunes de percepción. Sabe que los demás la llamarán loca, pero en todo caso es la locura que ella misma se ha creado y no a la que se veía empujada por esa sociedad que tan hostil le era. Sentirse especial, tan único y diferente como cada uno de nosotros somos en la vida. Imprescindibles e irrepetibles.
De momento, ella, ya ha encontrado esperanza, un sentido a su vida, contar su experiencia, su victoria, por si a otros les sirve de ayuda. Con la serenidad del tahúr que esconde un comodín en la manga, abre la puerta de su casa y deja que el aire libere su alma.
(Cuento perteneciente a la colección "finales felices"